sábado, 15 de junio de 2013

4. ARDER Y NACER



Debo confesarte la verdad de una historia antigua antes de hablarte del Proyecto Paybell. Se trata de uno de esos cuentos que cobran realidad cuando sus protagonistas no están para confirmarlos.  Jonathan Paybell no es el verdadero nombre de mi auténtico amo, el que me dio la oportunidad de conocer historias como las que  te voy a relatar. Jonathan fue extraordinario, un hombre auténtico. Me gusta ver que algo de él hay en Juan. Es una inspiración el que no todo esté en los genes, es fascinante que la pasión pueda contagiarse y eso es lo que ocurrió con el Proyecto Paybell. Iré al grano. Jonathan no es británico, se crió allí pero no era británico por mucho que se cambiara el nombre tras perder a la poca familia que le quedaba. Su origen es más bien Húngaro, aunque nació en una ciudad que hoy le haría rumano. Tras la caída del Imperio Austrohúngaro después de la Gran Guerra el mapa de Europa sufrió una transformación como no conoció hasta la caída del muro de Berlín. Eso hizo que Jonathan no supiera muy bien cuáles eran sus raíces, de hecho consideraba que era una virtud el no tener raíces a las que acudir. En cierto modo, decía, era como haber sido soldado de la antigua Grecia y llegar a la batalla desembarcando en una isla sin posibilidad de volver atrás porque te habían quemado las naves para hacerlo, así sólo cabía una elección: vencer o morir. A Jonathan le quemaron las naves al nacer, una al poco de hacerlo, la otra la llevo tatuada en la mochila desde que supo que aún vivía. 

Te contaré la historia de qué paso cuando vino al mundo como se la contaron a él hace muchos años. 


Invierno de 1.918. A los pies del monte Ararat. Ereván. Armenia.

- Miklos, ¿Puedes oírme?. ¿Sabes dónde estás?
- ¿Johan?
- Sí, soy yo, hermano. No te muevas. No hagas esfuerzos. Es importante.
- Johan, ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Julia? ¿Y Nicolás? ¿dónde están?
- Están bien, no te preocupes. Ahora debes cuidarte. Has estado dos días inconsciente. El doctor me ha dicho que no te pondrás bien si no te dejas cuidar. Por favor, no hables y escucha, es muy importante lo que tengo que contarte.
- Johan, dime lo que sea... nada puede ir a peor.
- No hagas esfuerzos, por favor. Miklos, necesito que escuches con mucha atención.

Johan quería ganar tiempo. Sé quitó lentamente las gafas cómo si aún tuviera cristales que limpiar. Le costaba fijar la mirada en la de su hermano menor. Tal vez si pensara con más claridad, si le quedaran fuerzas, podría contarle la verdad. Pero cómo decirle a un moribundo que nunca más vería a su mujer y a su hijo recién nacido. Necesitaba ganar tiempo. Acerco sus manos a las de Miklos. Las aferró con fuerza. Como si pudiera decir con sus dedos lo que no podía decir con los labios. Miklos tenía la cara de su padre. Afilada, firme, con la nariz robusta de la que tanto presumen los Petrius. Los valientes Petrius. Los apátridas. Nacieron húngaros pero morirán rumanos. Lejos quedan las cacerías por la querida Transilvania. La visita obligada a los neveros de la familia. Las fiestas y los bailes en la amada Brasov.  Parece que ha pasado más de una vida desde que empezó la Gran Guerra. 

El padre de Johan y Miklos, Mircea, nació en Pest, como le gustaba decir. Se crió en ese lado del Danubio. Solía decir también que no había nada más hermoso que ver atardecer desde el puente de las Cadenas que une Pest con Buda. Tal vez lo dijera porque fue allí donde conoció a la que sería su esposa, Marie, asomada al Danubio, una tarde de marzo de 1.863. 

Cada vez que ella visitaba Budapest se paraba en la mitad del nuevo puente. Solía ir sola porque decía que allí fue donde su familia se ahogó y le hizo probar el sabor de la soledad después de la gran inundación de 1.839. Ella acababa de nacer un año antes de la crecida del río. Su familia desapareció por completo. A ella la encontraron en un cesto. Como a Moisés, le decían. Junto a la orilla del Danubio, envuelta en mantas y pieles. Una familia transilvana amiga de sus padres la encontró y la cuidó. Esa era su historia. La tragedia se llevó su pasado. Tenía amnesia familiar. Lo poco que llegó a saber de su familia, nunca supo qué tenía de cierto o inventado. Si se lo decían para que sintiera que una vez tuvo padres en lugar de venir, como un milagro, de un río herido. Y cada vez que se asomaba desde el puente de las Cadenas y miraba la respiración del río bajo sus ojos sentía que la memoria de sus seres queridos le acompañaba y daba sosiego, era un ritual necesario y privado que acostumbraba hacer a diario. A Mircea por entonces le gustaba escaparse a pasear por la ciudad que le vio nacer y gastaba ideas mientras caminaba junto al Danubio. Le ayudaba a organizarse, como si el sólo hecho de pisar las calles de Budapest dibujara paso a paso un mapa en su cabeza en el que todo cobraba un sentido lógico. Ese tipo de sentido que no admite ser rebatido, un hecho que existe, no cuestionable, sólido. Le gustaba mucho esa sensación de seguridad serena que le acompañaba al caminar. Así fue como conoció a Marie. Paseando por el puente de las Cadenas. Ella formaba parte de toda la seguridad que alimentaba sus paseos. Cada vez que Mircea caminaba, lo hacía a la misma hora y aunque en ocasiones cambiaba su ruta, lo que era inmutable y nunca dejaba de hacer era ver el atardecer desde el puente. Y lo que también se sumó a esa experiencia que le sosegaba era esa persona asomada al río con la que siempre coincidía. Se acostumbró a verla allí, con la mirada lejana, le resultaba interesante, pero no se atrevió a hablar con ella por no interrumpir su momento y tal vez, también el de él. Con el tiempo olvidaron quien dio el primer paso y si se dijeron algo o sonrieron o si sencillamente dieron por hecho que tenían demasiado en común, así, en silencio, viendo el río pasar, como si temieran descubrir si fuera de ese puente también podrían coincidir. Así ocurrió, con la inevitable naturalidad de la pasión que une. Sintieron el hechizo del puente sobre el Danubio y sintieron como les unía con una pasión que se escapaba a todo lo que hubieran llegado a conocer. Se dejaron guiar por esa pasión, como el agua del río se dejaba guiar por la corriente. Mircea y Marie tardaron poco tiempo en enamorarse y un poco más en conocerse. Marie pasaba temporadas en aquella época cerca de Brasov cuidando de la familia que le salvó la vida. Y Mircea compaginaba la administración de sus tierras a las afueras de Brasov con sus reponsabilidades políticas en el recién nacido gobierno austrohúngaro. Fueron años convulsos y felices en los que tuvieron dos hijos, Miklos y Johan, quienes heredaron los títulos de la familia y también el hambre de conocimiento que tenían los Petrius.

- ¿Me oyes Miklos?
- Sí.
- Bien. Esta es la situación. Al parecer tienes una infección que los doctores no son capaces de controlar. Dicen que no respondes al tratamiento habitual y que no te baja la fiebre. Tus riñones no funcionan como debieran y tienes un alto riesgo de estar sufriendo una necrosis en el páncreas.
- Johan, hermano, por Dios, traduce lo que me cuentas.
- Todo es un poco extraño. Pero probablemente has estado expuesto a algún contaminante externo que te ha dañado gravemente.
- ¿Te refieres a lo que estoy imaginando?
- Sí, Miklos. Lo siento.
- ¿Cuánto me queda, Johan? ¿Podré volver a ver a Julia? ¿Y conocer a mi hijo?
- No tengo respuestas. Pero te prometo que dedicaré mi vida entera en parar lo que está empezando. Tu mujer y el pequeño están bien. Dadas las circunstancias, lo más seguro es que permanezcan donde están. Tú tienes que descansar. Estamos haciendo lo posible por descubrir qué es exactamente lo que te pasa.
- Johan, ambos sabemos que lo que me pasa no es casual - acercó su mano hacia la de su hermano, lentamente, como un susurro -. Ahora debes cumplir una vieja promesa.
- ¿Me pides que arriesgue la vida subiendo esa montaña?- desde la ventana empañada se distinguía la silueta del monte Ararat.- ¿Nunca has pensado que tal vez fuera el sueño de un loco el que nos ha traído hasta aquí?. No te esfuerces en contestar, sabes que cumpliré la promesa.

Hacía frío en la habitación. Apenas queda un mes para la navidad. En la calle se respira agotamiento. Han sido años extraños. Los cristianos armenios parece que han terminado por claudicar. El gobierno niega el genocidio; controla los medios, la propaganda es una máquina poderosa que inunda cada mensaje que llega al pueblo. Los turcos  han aprovechado hábilmente la caída del Imperio Ruso. El mundo sigue convulso tras el fin de la Gran Guerra. Y su hermano se muere en silencio. Ajeno a lo que ocurre en el mundo, pero tal vez muera a consecuencia de lo que intentamos evitar. La montaña donde dicen que se hallan los restos del arca de Noé les observa a lo lejos. Y sin nada más que decirse. En privado. Cada cual a su modo, en silencio, memorizó su adiós.

Continuará...

domingo, 26 de mayo de 2013

3. DESIERTO Y ORIGEN

Tomaré las riendas de esta historia. Temo que esta chica que me ha secuestrado haga barbaridades con ella. Y el caso es que es lista. Y atractiva. Peligrosa combinación la de mujer inteligente y atractiva. Y lo que la hace más inquietante no es que se sepa guapa sino que sea tan confiada. Le han encargado una misión trampa, sin premio. Ella fue la primera en ser avisada de localizar a Juan porque era la que estaba más cerca. En el fondo sabe que no es la única que lo busca. Le hacen picar el anzuelo de lo importante que es para la organización encontrar a Juan enviándole el maldito informe mutilado. Y con su buena intuición me llevó a mi y a las libretas de Juan. Lo de tomar prestado el móvil y el ordenador le llevará más tiempo de análisis y es muy probable que no le compensen los esfuerzos para entender lo que allí hay. Se que gustaría que compartiera el contenido de esas páginas del informe en las que se cuenta el proyecto que hace de Juan tan valioso. Y lo haré, descifraré los enigmas que encierran esas páginas, pero lo haré a mi modo. Te lo contaré desde el principio, desde el origen, desde ese bendito día en que mi primer amo me rescató del desierto. Soy solo una mochila vieja que se conserva bastante bien para su edad. Conozco buenas historias. Algunas tristes, otras hermosas, puede que tal vez otras las encuentres increíbles aunque todas son ciertas. Me fabricaron con el fin de ser un complemento militar para exploradores en África en la época de la primera guerra mundial. Y allí acabé muchos años, a la espalda de un soldado francés que se desorientó en el desierto mientras huía de varios beréberes que portaban sus turbantes azules con el orgullo de los auténticos Tuareg. Consiguió escapar de ellos el bueno de André, que así se llamaba el desdichado, pero no consiguió esquivar su fatal destino al norte del desierto de Mali en la primavera de 1.916. Murió sediento, mortalmente enfermo  y sólo, sin hallar la manera de hacer manar agua allí donde había palmeras. Escribió unas cartas de despedida que guardó cuidadosamente en uno de mis bolsillos antes de abandonarme a mi suerte junto a un fallido oasis. Tuvieron que pasar casi treinta años y otra guerra mundial para que me encontraran. Fue un explorador y antropólogo británico quien me rescató del olvido. Pensaba que tendría que haber agua cerca de esas mismas palmeras. Primero encontró los restos del desdichado francés bajo un metro de arena y unos días después me halló a mi. Y ahí empezó todo. Me trató como si en lugar de un trozo de tela fuera una lámpara maravillosa, aunque el genio no lo llevara dentro sino que el genio fue quien me encontró a mi. Jonathan se llamaba mi buen amo. El mismo genio que en cuanto regresó a Europa lo primero que hizo fue localizar a la viuda del desdichado soldado y a la agradecida madre del antaño muchacho; a ambas les entregó el póstumo mensaje. Cumplió el último deseo de André. La mujer se había vuelto a casar y a enviudar, tenía un hijo y una hija. Al hijo lo perdió durante la ocupación alemana y la chica se enamoró de un apasionado resistente que la llevó a Argelia a vivir. Estaba sola en la casa que la vio nacer, toda la vida en el mismo hogar. Y ahora venía un apuesto joven británico que se presentaba como Jonathan a traerle un mensaje de su marido muerto, de su querido André. Lo que fuera que dijera la carta emocionó de tal manera a la mujer que con la mirada vidriosa reclamaba abrazos imposibles y agradecidos. No eran lágrimas tristes sino antiguas, pausadas; tenía ese tipo de llanto silencioso que reconforta. Le dio las gracias a Jonathan y le preguntó si también supo algo del compañero de André. Fue entonces cuando recordé que había otro soldado francés que fue capturado por los Tuareg. Me acuerdo más de su mochila que de él. Al parecer yo fui más afortunada. El azar de los humanos es fabuloso, creo que jamás dejará de sorprenderme. Fui yo la mochila que encontró Jonathan en el desierto, que le acompañó en su periplo por Europa y América hasta acabar en poder de Juan. Es con ellos con quienes he vivido aventuras increíbles y no fui concebida para estar con ellos. No teníamos ningún vínculo para estar juntos y lo estuvimos. Lo mismo les pasó a Jonathan y a Juan. No fueron familia y estuvieron juntos hasta que Jonathan desapareció dejándome con Juan. Y es ahora Juan el que desaparece; lo hace sin dejar rastro. Sólo le oí decir una palabra al teléfono y al instante apagó el ordenador y el móvil. “Pandemonio”. Eso dijo, sí; lo pronunció lentamente. Hacía mucho que no oía esa palabra que no significa nada para nadie más que para Jonathan y Juan. Era algo en lo que trabajaron tiempo juntos muchos años. También fue lo último que le oí decir a Jonathan, aunque esa es otra historia que tal vez cuente otro día. Ahora es importante dar con Juan. Es posible que sea la única que entienda lo que le ha pasado. Como es más que probable que no encuentre el modo de poder confesárselo a nadie. Y me temo que no sea nada bueno lo que pretende. Aunque desaparecer así, tan de repente, es un poco extraño. Se despertó temprano, se movía inquieto por toda la casa como lo haría un desconocido, apenas cogió algo de ropa, dinero y documentación y se marchó sin mirar atrás, sin siquiera llevarse la foto de ella... La que guardaba con el mismo cariño que me cuidaba a mi. Ambas fuimos regalos de Jonathan, cada una a su tiempo.

Fue un buen maestro Jonathan para Juan. Podría haber sido su abuelo y no lo fue, pero esa también es otra historia que tiempo habrá para ser contada. No fueron familia, decía, y fueron más que familia; Jonathan fue su mentor, su tutor, su mecenas. El padre moral del proyecto al que Juan le puso su nombre, el que hace que Juan sea tan buscado y que yo conozco desde su origen:


El proyecto Paybell.

Continuará
...

domingo, 14 de abril de 2013

2.- ANSIEDAD Y HUMO

¡Belén, piensa! Sigue la pista. La primera que intuyas. Cabalga sobre ella como un potro desbocado. Un principio es necesario. La gloria reside en las dificultades. Las hazañas se alimentan de adversidad. Sabes que si fuera fácil no te habrían elegido. La modestia no es una de tus virtudes. Eres inteligente. El informe está mutilado. No lo parece pero lo notas. ¡Piensa, Belén, piensa! Sabes que habrá otro informe sobre ti. Y que será menos impactante. ¡Joder con Juan! Es imposible que se sepa tanto de alguien. Se habla de todo menos de sus orígenes familiares. ¿No te parece raro? ¡Mierda, quieres ser escritora de informes confidenciales e inventártelo todo! Conoces a Juan. Bueno, es verdad, le conoces poco. Aunque después de saber tanto de él después de leer su archivo es como si te sintieras más cerca. Creo que si el leyera un informe como este sobre ti... Huiría. ¿Y si no es verdad lo que acabas de conocer? ¿Y si te están manipulando? Esta información vale mucho dinero si fuera cierta y la tienes sin haberla pedido. Sabiendo lo que saben de Juan, también sabrán que te están dando un poder que es difícil que gestiones como deseen. ¿Por qué te parece todo esto tan sospechoso? ¿Dónde nacen las dudas que me agobian? Hace unas horas le gritabas barbaridades al gilipollas de Miguel, ese aspirante a gigoló de despacho que tienes por jefe ¿y te compensa el agravio que le has dedicado con un maldito documento que vale su peso en oro? Necesitas una copa. ¡Qué coño! Ve a hacerte un porro. ¡Piensa, piensa, Belén! Eres lista, sabes que algo no cuadra. Tienes una información que, caso de ser cierta,  te aporta tanto valor como riesgo.  Valor porque si eres tan hábil  como te crees le podrías sacar un rendimiento inimaginable. Y cuando digo imaginable quiero decir... Incalculable. Y riesgo porque seguro que está protegido el contenido de lo que ahora conoces; con lo que, como chica inteligente que eres, te habrás imaginado que estás vigilada. Llena tus pulmones de humo y ata cabos, Belén. ¡Ata cabos!  Mierda, no te agobies, respira ¡Respira! Piensa. ¡Piensa! Un par de caladas más al cigarro y analiza la situación. Empieza por los hechos.
Juan ha desaparecido. Ese es un hecho. Y te han encargado localizarlo. Ese es otro hecho. Ahora bien, algo no cuadra. Si Juan es tan importante como parece ser, deberían poner todos los medios para localizarle ¿Y hacen que seas tu quien se ocupe de encontrarle? ¡Piensa, Belén, piensa! ¿Qué te dice tu intuición? Fíate de ella, en el pasado te ha sido de mucha utilidad. Eres buena anticipándote a los acontecimientos. Fuiste la primera en ver venir el incidente en centroáfrica.  El laboratorio consiguió salir indemne y el suceso no tuvo repercusión fuera de allí. Claro que eres valiosa, Belén. Eres una mercenaria sin escrúpulos. Se te da bien buscar y limpiar mierda. Calmas tu conciencia diciendo que el fin justifica los medios cuando sabes a la perfección que algunos medios no llegaron a buen fin. Como en aquel poblado africano del que nadie ha vuelto a oír hablar. Total, la gente muere de hambre, o por falta de medicamentos básicos, por imprudencias evitables, por catástrofes naturales. ¿A quien le importa lo que ocurra en África? Nadie sabrá nunca qué le pasó a aquella gente. Estaban enfermos de pobreza. Tenían poco que perder... Y lo perdieron. Algunas noches los recuerdos zarandean tu memoria diciéndote que no se tiene por qué ser infeliz cuando se es pobre; además existen muchos tipos de pobreza... Y de infelicidad. Es bien sabido que la pobreza, como la infelicidad, en ocasiones es más un sentimiento que una realidad. Quieres pensar que no fue real. Que no murieron todos. No tuvo que ocurrir así pero así sucedió. A veces en la vida es necesario correr algunos riesgos. Nadie recordará que los habitantes de aquel poblado no se presentaron voluntarios para aquel experimento. Las cosas pasan sin que uno haga nada para que pasen de otro modo. La verdad es que murieron. Y nadie les llora. La vida no vale lo mismo en todas partes. La de Juan, por ejemplo. La vida de Juan sí que es valiosa. ¿Por qué te acuerdas ahora de aquel horror? Hace mucho de aquello. ¡Piensa, Belén, piensa! Nada es como entonces. Tú no eres la de entonces. Eres más fuerte y lista desde que desconfías de todo. Una superviviente.
Necesitas una pista, Belén. Una pista para saber por dónde empezar. ¡Búscala! Tienes en la vieja mochila de Juan sus libretas, su ordenador y su móvil bloqueados. El informe habrá tiempo para analizarlo. Falta el principio, los orígenes. Y estás segura de que alguien lo conoce. Parece que el porro no ha sido buena idea. Si pudiera haría confesar a la mochila que contara su historia. Parece muy viejo este trozo de tela con cueros. Se parece a una de aquellas  antiguas mochilas que usaban los exploradores de hace un siglo. Tiene una desgastada inscripción en un idioma extraño “ապրում” y un  viejo parche de tela con una bandera que lleva dos escudos separados por tres franjas horizontales cosida junto a los tirantes; la banda superior es roja, la central blanca y la inferior lleva color rojo y verde diferentes a los pies de cada escudo. El pie de la izquierda tiene una corona real sobre un estandarte de color rojo, blanco y rojo. El escudo de la derecha tiene una cruz inclinada sobre su corona de seis puntas; varias franjas blanquirrojas presiden la siniestra del emblema y la imagen de una cruz de doble travesaño sobre un sencillo monte se sitúa a la diestra. Conoces esa cruz. La has visto antes. ¡Haz memoria!... Vuelve a mirar esa cruz. ¡Sí, claro, es la que se ve en la película “V” de Vendetta y que usaba el partido fascista. Te ríes al recordarlo porque cuando viste esa película reconociste la cruz porque Marilyn Manson la utilizaba desde hacía unos años en sus conciertos. Tomas nota de la inscripción y de la bandera para localizarlas en internet y resultan tener una explicación aún más interesante de lo que esperaba. El texto es armenio y significa “ella vive”. La bandera corresponde a la del Imperio austrohúngaro.  Y la cruz que aparece representada es la cruz de Lorena. Algo te dice que la mochila quiere contarte una historia. Descubres que este tipo de mochilas fueron usadas durante la primera guerra mundial por el bando alemán ¿Unas palabras en armenio junto a una bandera del imperio austrohúngaro en una mochila de campaña alemana que pertenece a un español del que un informe confidencial que tengo ante mi no habla nada de su pasado familiar? Sin duda la pieza está en un perfecto estado de conservación y parece auténtica. Esta historia es más complicada de lo que sospechabas. El cabrón de Miguel te quiere ocultar por alguna razón algo esencial. Además está lo que sabes de Juan o, mejor dicho, lo que quieren que sepas de él. Si conocieras lo que no te han querido contar sabrías por donde empezar. ¡Ojalá la mochila pudiera hablar!. Ve a hacerte otro porro. ¡Piensa, Belén, piensa!... Envenena tus pulmones de humo. Piensa... Y la mochila habló.

Continuará...

domingo, 31 de marzo de 2013

1.- DESAPARICIÓN Y TORMENTA

- ¿Cómo que no está?
- Miguel, te digo que se ha ido. No se ha llevado el ordenador, ni el móvil, ni las llaves. No encontré su documentación, pero la casa estaba como si alguien hubiera salido un momento con intención de regresar.
- No tiene sentido. Belén, ¡no tiene sentido! No es propio de él. ¿Has localizado a alguien que le haya visto?
- El móvil está apagado y el ordenador bloqueado. No puedo acceder a sus últimas llamadas y no tiene teléfono fijo.
- Alguien tiene que saber dónde está. ¡Necesitamos hablar con él! No quiero que vuelvas al trabajo hasta que descubras su paradero. Es más, tu puesto depende de ello.
- ¿Cómo que mi puesto depende de localizar a Juan? No acepto amenazas, mi trabajo no es hacer de niñera ni de detective. ¿Trabajo para un laboratorio o para el mossad?
- Cuidado con lo que dices. No estás en posición de hacerte la ofendida.
- Alucino con esto, Miguel. En serio. Alucino mucho. No debería estar haciendo esto.
- Mira, Belén. No te lo volveré a repetir. O vienes con Juan o no vengas.

Clic.

La casa estaba en silencio, como a la espera. Junto a la ventana del salón había un piano viejo. Me senté a pensar mirando los tejados de Madrid. Alrededor había libros colocados bajo una aparente lógica desordenada. Un cuadro sin enmarcar hacía de televisión ocupando el lugar frente al modesto sofá que estaba en el centro de la estancia. Era un paisaje nocturno de un acantilado en tormenta visto desde el mar; al fondo, en el cuadro, a la derecha, se intuye algo parecido a un faro tal vez abandonado. Me acerqué a mirarlo de cerca. Sí. Había un faro. Y al borde del acantilado había alguien que apenas podía distinguirse. Era un cuadro hermoso e inquietante. Tenía magnetismo, atraía. Si le mirabas de lado la luz cambiaba lo que transmitía y aún así había una poderosa personalidad en la fuerza de los rayos arañando las nubes. Había una extraña sensación de magia y drama en el ambiente. Si estuviera en un  museo me entrarían ganas de saber qué misterio habitaría detrás del lienzo, como en las películas. Tal vez la resolución de un enigma antiguo o la revelación de un secreto inconfesable. Decidí, divertida, palpar detrás del lienzo. Fue más un impulso que una decisión. Y para mi sorpresa topé con una hoja. En ella estaba el nombre del pintor con las galerías en las que había expuesto; la última fecha era de hace ocho años. Anoté su nombre, Héctor Launco, y el de las galerías que conocía. No me valdría para encontrar a Juan, eso seguro, pero me bastaba para saber más del autor.

No parecía la casa de un científico. Llevaba trabajando en la misma empresa que Juan tres años y apenas sabía nada de él. Su labor era diferente a la del resto. Encerrado en su laboratorio todo el tiempo. Las pocas veces que coincidimos por los pasillos, le encontré afable, educado y cálido al tiempo que tímido y discreto. Si te saludaba lo hacía de una manera natural y alegre; aunque,
despistado él no lo hacía siempre, más por ir en su mundo que por falta de educación, pero cuando reparaba en los demás les regalaba una hermosa sonrisa sincera. Aún así no se detenía a intercambiar palabras, desconozco si era consciente de la imagen que daba. Tenía fama de genio o eso se solía comentar de él, no sabría distinguir si lo decían con ironía o con admiración. Al parecer entre sus colegas le llamaban “Albert”. Lo hacían desde que transcendió que estaba investigando la manera de no solo leer la mente sino de grabar los sueños, entrar en el subconsciente y liberar bloqueos emocionales. Suena extraño, lo sé, pero he oído que al potenciar ciertas proteínas se pueden estimular los impulsos eléctricos que activan las neuronas, las sinapsis, y registrar el mapa cerebral que se activa y ello unido a un estado de hipnosis del sujeto permite entender el funcionamiento de los estados emocionales y ayudar a superar bloqueos psicológicos. Algunos decían que parecía más un filósofo que un investigador. Cuentan que una vez le preguntaron “Juan, ¿A qué te dedicas realmente?” y el contestó “aislo el patrón de la locura”. “¿Para qué sirve eso?” a lo que respondió “para ser feliz; eso es a lo que hemos venido al mundo”, y se marchó con una sonrisa.
Reconozco no ser la única que le encontraba cierto atractivo que posiblemente fuera provocado por su aire despistado e interesante. Definitivamente no parece la casa de un científico. Libros de neurociencia se mezclaban con novelas. Junto a un volumen de plasticidad cerebral descansaba el principito y un volumen gigante de Jackes Barzun llamado “Del amanecer a la decadencia”. El Quijote estaba entre un curioso libro llamado “678 monjas y un científico” y la biografía del músico Quique González. Con su música sucedía algo parecido. El “Brother in arms” de los Dire Straits estaba junto a un recopilatorio de Nina Simone y un desconocido “Andrés Suárez”.

¿Le habrá ocurrido algo? Son las doce del mediodía. Cuatro horas sin noticias de Juan. ¿Cuánto tiempo hay que esperar para informar a la policía de una desaparición? Bien pensado, es probable que todo tenga una explicación sencilla. ¿O eso sería mal pensado? Dejémoslo en que mejor pensado... Ahora nos encontramos en esta situación de tener que hacer algunas ilegalidades para entrar en su casa y tratar de encontrarle. Y cuando se trata de algo que se salga de lo establecido suele recurrirse a mi, cría fama… En el fondo del asunto, que no en la forma de la petición, el cabrón de mi jefe sabía a quién mandaba para encontrar a Juan. Soy buena en mi trabajo, no admito discusión sobre eso. Aunque hay personas que saben que no siempre he sido buena. Y ahí estoy yo, en la casa de Juan, del que apenas se nada, buscando pistas que me digan cómo dar con él. Con esta excusa empiezo a violar la intimidad de su hogar. Encuentro un libro de notas y lo hojeo al azar: “la inteligencia es hereditaria”, “la eficiencia de un cerebro se puede medir con magnetoencefalogramas”, “la máquina de sueños puede descifrar la mente”. Habían dibujos incomprensibles y una foto. Era de una mujer atractiva y un niño. En el reverso había una anotación “Otoño Zahora” así, sin año. Instintivamente me puse a mirar las fotos que había por la casa pero no reconocí a esa mujer en ninguna. Mi curiosidad iba en aumento. Dejé el libro de notas en su mesilla y abrí los cajones de su cómoda. Todo ordenado. Nada sorprendente. Cojo las llaves de la casa y salgo a tomar aire. Y ahí sucede lo sorprendente. Veo a Juan subiendo a un autobús. Corro, corro, corro. Grito. Me ve. Y su mirada no se sorprende, me ignora y se gira. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No me ha reconocido. Me ha visto y su expresión era la de un desconocido. ¿Seré invisible para él? Me quedo bloqueada y tardo en reaccionar. Pierdo de vista al autobús. Demasiado tarde para coger un taxi. Demasiado estúpida para volver al trabajo. Un señor se me acerca.
- Disculpe señorita. ¿Ha perdido el autobús?
- He perdido algo más que un autobús. Mi futuro iba dentro de él.

Regreso a la casa de Juan. Mi ansiedad aumenta.. Veo una mochila vieja de tela. Parece abandonada. No tendría valor para Juan o si lo tenía, esa mañana decidió que no se lo daría. Decido tomarla como prenda, secuestrarla. Quién sabe. En ella guardo sus libretas, el ordenador y el móvil. Dejo una tarjeta de la empresa con móvil al dorso.  No digo lo que me llevo, tan solo que me contacte. Miro el cuadro por última vez y llamo a Miguel.


- ¿Qué has descubierto, Belén?
- Tenemos un problema, Miguel. Juan se ha ido y no piensa volver. Por cierto, ¿estuvo casado? ¿tuvo un hijo?
- No se si sabes lo delicada que es nuestra situación, Belén. El trabajo de Juan es vital para todos nosotros. Y sólo el puede acabarlo. El resto del equipo no tiene su talento. No importa el tiempo que te lleve. Puedes usar los recursos de la empresa para lo que necesites. Accede al sevidor de seguridad a un archivo que hemos preparado para ti. En él tendrás respuestas a preguntas que aún no te habías planteado. No hace falta que te diga lo confidencial que es todo este asunto.
- ¿Por qué yo, Miguel? ¿No deberíamos avisar a la policía? ¿No tiene algún familiar o conocido al que podamos acudir?
- Belén, lee el informe. Adiós.

Clic

Continuará...




domingo, 16 de diciembre de 2012

JOHN.P DESPEGA



¿Y si es un don el perder la memoria?
¿Lo imaginas?
Perder cualquier atisbo de prejuicios.
Olvidar ofensas, creencias, conatos de venganzas, delitos deseados e intentados, aquella vez que te falló un amigo, el día que te rechazaron por primera vez, lo que sentiste al enamorarte, lo que sufriste con una decepción, al perder a alguien querido...Tu familia, tus afectos... Tu todo.
Empezar de cero con un renacer de años expertos olvidados. ¿Cómo es posible que eso pueda suceder? ¿Le habrá ocurrido a alguien antes? Seguro que sí, no creo ser único. Pero y si los anteriores reaccionaron como yo y nadie se enteró; si ningún médico les diagnóstico cual era su mal o si habría tratamiento. He pensado en consultar con algún neurólogo pero he descartado la idea por temor a que me recluyan como a los ratones de laboratorio o, peor aún, me crean digno de estudio y me alienen, me droguen y acabe sometido a experimentos que me priven de una vida que todavía deseo vivir en libertad.

Siento la primera punzada de dudas. Sentado en la terminal del aeropuerto esperando la salida del vuelo a Montevideo. ¿Por qué no he intentado saber de mi pasado? ¿Tendré familia, pareja, amigos, trabajo...? ¿Qué sentido tiene que recuerde todo lo impersonal que he vivido y en cambio haya perdido mis vivencias, los sentimientos... Las emociones, las antiguas porque lo nuevo sí que está en mi cabeza? ¿Cómo es posible esta angustia repentina? Subo al avión sorprendido de que nadie se percate del malestar que me acompaña. He sido el último en subir, me esperan más de diez horas de vuelo cómodamente sentado junto a una señora que debe andar cerca de los ochenta años.

  • Buenos días, me llamo Pablo.
  • Mucho gusto, mi nombre es Lauren, como Bacall, pero mis amigos me llaman Aymara.
  • Un placer conocerla, Lauren. Espero que al terminar este viaje me haya ganado el derecho a llamarle de otro modo.
  • Me caes bien, joven. Desconozco el motivo por el qué me resultas simpático, pero he llegado a esa edad en la que los protocolos carecen de importancia. He despedido a tantos amigos con los que me quedé con ganas de decirles hermosas palabras que ahora me atrevo a decírselas a cualquier desconocido que me parezca agradable Y tú me lo pareces, ¿Pablo te llamabas, verdad, cariño? Como solía decir un viejo amigo: ¡Qué pronto se me hizo tarde!
  • Gracias por el cumplido. Usted también es bastante agradable. ¿Le puedo preguntar por qué le llaman Aymara sus amigos?
  • Es una historia larga Pablo.
  • ¿Más larga que atravesar el océano?
  • Hace tiempo que no la cuento. Pero si es de tu agrado la haría breve para ti, tiempo habrá para los detalles si llega el momento de los detalles.
  • Por favor. Me encantan las historias. Y más si vienen de personas interesantes.
  • Pues, Pablo. Cuando termine la historia, probablemente te habrás ganado el derecho a llamarme de manera distinta a Lauren. Pero antes quiero pedirte un favor ¿Me muestras tu mano izquierda?

Obedezco curioso y expectante, es la primera vez que me leen la mano ¿O tal vez, no? Encuentro divertida a Lauren y la observo atento mientras acerca levemente su mano izquierda sobre mi palma. En cuanto noto su roce algo cambia. No sabría explicarlo. Ella cierra los ojos sin decir nada y tras unos segundos que parecen minutos me mira fijamente a los ojos en silencio. Al principio parece que me quisiera reprobar y luego se centra en mi frente, acerca sus manos sin tocarme y me vuelve a mirar. Entonces me habla en un idioma extraño que desconozco y al acabar, me dedica un gesto cariñoso.

  • ¿No va a decirme nada que pueda entender, Lauren?
  • Te contaré la historia primero.

Como todas las historias, se trata de una historia de amor. Si, corazón, todo lo que ocurre se hace por amor o por su ausencia. Esta historia no es distinta, pero sí es mía. Es la historia de mi amado Aymara. Le conocí hace más de medio siglo. En realidad él no se llamaba Aymara aunque todos le llamaban así porque vivió en la meseta del Titicaca, entre indígenas del altiplano y aprendió a tocar el charango y a conversar con la Madre Tierra. Se hizo tan uno de ellos que le llamaron como a ellos. Tampoco era peruano, sino asturiano. Un buen hombre, médico. Vino solo a Perú huyendo de una España de postguerra de la que no quiso ser vencedor ni vencido. Llegó siendo médico y marchó convertido en chamán. Llegué siendo una turista uruguaya y regresé siendo su esposa. Nos enamoramos. Solo con mirarnos la primera vez bastó para llenar una vida; nos enamoramos, Pablo. ¡Qué generoso anduvo nuestro destino al reunirnos una tarde de mayo! Sufrí un maravilloso esguince de tobillo, un prodigio de lesión que fue largamente tratado por mi futuro marido. Con solo tocarme dejé de sentir dolor pero no se lo confesé jamás. Me miró con dudas de creerme, sin cuestionarme, como caballero que era. Creo que me eché a reír cuando le noté sonrojarse al mirarme a los ojos. Fue en ese instante que por fin oí a las flechas del amor silbar de júbilo al acertar con la diana. Y desde entonces fuimos uno. Tuvimos un hijo que nos ha llenado de orgullo y dos nietos adorables que volaron del nido hace poco. Lo demás fue lo de menos. Fuimos felices juntos como no imagino que lo haya sido nadie. Y su recuerdo me mantiene unida a él. Por eso conservo el nombre que le pusieron sus amigos como si fuera el mío cuando estoy con ellos, para seguir siendo uno. Aymara.

  • Es una historia preciosa. Me encantará oír los detalles.
  • Estoy segura de ello. Pero ahora tengo que decirte algo que puedas entender de lo que pasó hace un momento. No te he leído la mano. No tengo ese antiguo don. En cambio, he percibido algo en ti que no puedo compartir contigo. Tienes muchas preguntas que responderte y algunas, las más importantes, aún no te las has planteado. Lo único que puedo decirte es que no has olvidado. Tienes una oportunidad única delante de ti. Y encontrarás lo que todavía no sabes que buscas.

Sentí que estaba en otro lugar. Lejos de ese avión que me llevaba a un incierto destino. Acontecimientos imprevistos acompañaban mis días. Me dejaba guiar por sensaciones. Y la vieja Aymara, desde su misterio, me dio paz. En unas horas aterrizaría en Montevideo. ¿Será verdad que no he olvidado? Curiosa sensación la de experimentar como nuevos, sentimientos que tal vez ya conocía aunque no recordara. Y, de pronto, fugazmente, lo vi todo claro; como si hubiera recibido un fogonazo. El avión sufría turbulencias y mi corazón se aceleraba. Algo hizo click. En mi cabeza hizo click. En mi cuerpo hizo click. Si no había olvidado. Si aunque me fuera ajeno el pasado, menos el de las últimas semanas. Si a pesar de todo estaba de camino a lo desconocido desde lo que ignoro de mi. Es una oportunidad. Soy un afortunado. No necesito que me estudien ni que me digan lo que me pasa. Tengo la gran suerte de poder vivir el presente con la intensidad necesaria para no demorarme por prejuicios e inventar un futuro palmo a palmo. Llegaré a Montevideo y dejaré que la felicidad guíe mis pasos.







miércoles, 17 de octubre de 2012

JOHN.P DESPIERTA

Acabo de olvidar lo último que olvidé. Me cuesta comprender que aún me sorprenda. Lo que sé es que mañana temprano debo estar en Montevideo. El billete descansa al calor de la vela. Intento recordar cómo llegué aquí. Bajé del autobús en Gijón, cerca de la playa de San Lorenzo. La brisa acariciaba la orilla y me acerqué a sentir como el mar me besaba los pies. Era primavera. martes. Cerré los ojos y pude oír como rozaba mis labios el aliento de los principios felices. Una idea abrazaba este momento. Casi parece que una voz deseaba instalarse en mi cabeza. Al girarme veo un cartel en un escaparate: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?”. Me acerco al cristal y veo mi rostro reflejarse sonriendo mientras la voz de mi cabeza responde al cartel... Mi primera última vez...

Alguien me toca el hombro.

- ¿Disculpa? ¿Puedes oírme?
- Claro - respondo.
- ¿Quieres entrar?  - sonríe.
- ¿Por qué no? -veo fotografías de lugares exóticos por todas partes y una mesa divertida en la que trabaja la chica que me invita a tomar asiento. Algunos folletos con atractivas ofertas están cómodamente alineados en la estantería del fondo de la estancia.
- ¿Quieres viajar a algún sitio en particular?
- No tengo dinero para pagarlo.
- No pareces ser de esas personas que no tienen dinero.
- Entonces supongo que necesito un trabajo. ¿Me ayudas a encontrar uno? - la chica sonríe y le brillan sus ojos verdes.
- ¿Qué sabes hacer?
- ¿Me podría ganar la vida sonriendo? - y dibujo en mi rostro una demostración de mis habilidades.
- Mi hermano necesita ayuda en su bar. Tiene de baja al socio. Aunque no se si podrá permitirse un empleado.
- No necesito un contrato, tan solo dinero - en el bolsillo del pantalón me quedaban treinta y tres euros, una American Express de la que desconocía su clave, el carnet de conducir; pasaporte en vigor de un tipo parecido a mi pero al que no recordaba, más joven, con el pelo más corto y con un nombre con el que no me identificaba.
- Déjame que hable con él y vuelve a la hora de cierre - su voz suena sincera.
- ¿Me dejas algo para leer?
- ¿Perdona? - dice sorprendida.
Me gusta leer y he olvidado traer un libro - respondo tranquilamente.

- Es tu día de suerte. Ayer un cliente se dejó olvidado uno. No dejó modo de contactar con él.
- Muchas gracias, supongo que tienes razón. Es mi día de suerte.

Era una vieja edición de un libro que escribió Benedetti: “Primavera con una esquina rota”. Tenía una original autodedicatoria escrita a lapicero escondida en la tercera página... “Amada Amanda, por siempre y desde siempre te quise y ni aún hoy te lo dije... (escrito para no olvidar ni compartir) Desde el camerino del Tinglado de Montevideo, abril de 1984. Pablo”.

Salí a la calle. Me senté frente al mar. Y empecé a leer con avidez, buscando el misterio que empujó a Pablo a escribir esas líneas. Investigando donde se encuentra el vínculo que le unía a Amanda. Disfrutaba del momento entregado a la aventura de que algo me sorprenda, cuando encuentro una página más gastada que el resto. Leo, releo y no entiendo el sentido de las palabras que me atrapan. Sin embargo, el rumor de las olas, la tarde despidiéndose del día, una pareja de enamorados paseando por la playa...

"La primavera es como un espejo pero el mío tiene una esquina rota
era inevitable no iba a conservarse enterito después de este quinquenio más bien nutrido
pero aun con una esquina rota el espejo sirve la primavera sirve"

 

A la hora convenida aparezco en la agencia de viajes. Me recibe la chica sonriendo.
 

- Mi hermano quiere conocerte. Por cierto ¿Cómo te llamas?
- Llámame Pablo - miento y sonrío -. ¿Cuál es tu nombre?
- Llámame Wilma - me devuelve la sonrisa y sospecho que también la mentira - Encantada de conocerte, Pablo. - extiende con gracia su brazo hacia mi y así tenemos nuestro primer contacto.

El bar resulta ser un local muy divertido lleno de paisanos que se pasan la tarde escanciando sidra, comiendo patatas al cabrales y todo tipo de platos que presumen de calorías. Enseguida me siento a gusto. Soy la novedad. Hago todo lo que me piden y lo hago contento. El hermano de Wilma me comenta que no puede contratarme pero que le vendría bien una ayuda mientras su socio se recupera y me pregunta por cuánto estaría dispuesto a trabajar. Entonces lo vi claro. Tan solo necesito un lugar donde tumbarme, algo que comer y que el dinero no es prioritario. Si te parece bien, le dije, puedo trabajar para ti hasta ganarme un billete de avión a Montevideo. Sellamos el acuerdo brindando con orujo de miel. Festejamos que ambos salíamos ganando.  Y así fue como unas semanas después me dijo que necesitaba mi nombre completo y número de pasaporte. 


Le entrego el pasaporte y se ríe al descubrir mi verdadero nombre. Brindamos de nuevo por los motivos para ser como cada quien siente que es y, añado, brindemos también por la felicidad, donde quiera que esté... Y en cualquiera de sus formas.

Cuando Wilma entra, nos observa desde la cima esmeralda de su mirada, en ese instante siento que la veo por primera vez. Pide un vaso y brinda.

- ¡Por la felicidad! - nos guiña un ojo y le regalo un beso - ¿Ya estáis borrachos?
- Menos de lo que parece pero más de lo que tolero - dice su hermano -, así que si me disculpáis os dejo a ambos en buena compañía. Hablamos por la mañana.
- Descansa, amigo - le contesto y mirando a Wilma, añado -. No recuerdo haber estado borracho nunca.
- ¿No tienes límite? - vuelve a sonreír.
- ¿Acaso existe? Hace falta toda una vida para aprender a vivir al límite de los límites. De hecho, vivir sin límites no te alarga la vida pero sí la llena... ¿Demasiado vivir la vida en un par de frases, Wilma?
- Eres un tipo extraño y eso te hace interesante. Lo sabes bien. ¿Algún día me dirás cómo te llamas, Pablo?

Me acerqué a su oído como para susurrarle algo. Demoré ese momento para memorizarlo. Y a modo de respuesta, le besé la mejilla y me marché a pasear por las calles de Gijón.

A la mañana siguiente recibí el billete de ida a Montevideo que me había ganado trabajando. Viene a mi el reclamo de la frase del escaparate que vi nada más llegar a la ciudad: “¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?”. Reconozco la sensación de los principios felices y decido compartir con Wilma conceptos que no caben en palabras. Pasar el día juntos. Hacernos futuros viejos amigos.

A la mañana siguiente me despertó una idea feroz. Para todo hay una primera vez, incluso para la última. La imagen que me devolvía el espejo se acercaba más a la de una primera última vez. No volveré a tener un día como el de ayer. Ahora sé lo que es amanecer después del día más feliz. En unas horas, pocas, marcho a otro lugar, con otro mar; a dormir bajo otras estrellas. Apenas está amaneciendo y ya empiezo a cuestionarme lo que quiero, lo que debo o debo hacer. Wilma sigue dormida, jamás vi a nadie descansar sonriendo. Como si estuviera soñando con bailar claqué. Y aún será mejor cuando vuelva a subir las persianas de sus ojos verdes. ¿Sonreirá cuando le diga que me marcho? El billete descansa en la mesilla junto a la vela que encendimos anoche mientras olvido lo último que olvidé.

miércoles, 28 de marzo de 2012

JOHN.P REAPARECE

¿Te imaginas cómo sería levantarte un día y no saber quién eres? ¿Mirarte al espejo y no reconocerte? ¿Que todo a tu alrededor te resulte familiar incluso las personas que salen en las fotos que ves colgadas en tu pared menos al ser que esa mañana está ocupando tu aspecto? Todavía más extraño, ¿Y si fuera más que una sensación, una angustiosa realidad? Busco entre los papeles del dormitorio indicios de mi y en cada intento frustrado aumenta mi desazón. Apenas encuentro algo de dinero y documentación que no me aportan más que inquietud y una extraña sensación de ausencia.

Salgo a la calle a respirar un poco de marzo  en mis pulmones. Ignoro si tengo un trabajo. No recuerdo las claves que me conectan con el mundo; ni móvil, ni correos. Es temprano. Ensayo una sonrisa frente al vendedor de periódicos y le pregunto si sabe quien soy. Me devuelve una sonrisa prudente que no acierto a clasificar. Sin noticias de mi. Ninguna cara conocida. Nadie a quien acudir. Camino decidido. Si alguien reparara en mi, pensaría que se a donde voy; aunque lo que me mueve es un poderoso impulso a dejar atrás la casa donde he amanecido.

En la calle veo a un grupo de personas subiendo a un autobús. Le pregunto al conductor a donde se dirigen. A Gijón me contesta. Ayudo a un matrimonio mayor a subir su equipaje y recibo mi primera sonrisa sincera del día... Gracias, joven, ¿Viaja usted con nosotros? Me dicen. La verdad es que no tengo nada decidido en mi vida actualmente, les contesto. El hombre más mayor se me acerca despacio y me dedica una frase que ya había oído antes sin recordar cuando ni donde, ni entender su profundo significado, pero que en los labios de este hombre adquieren un poder inspirador: “alguna decisión es mejor que ninguna decisión”...

Y así empiezo el viaje.

miércoles, 16 de marzo de 2011

JOHN. P SEDUCE



Una mujer me preguntó en una noche disfrazada de celos...
  • Johni ¿Piensas que en alguna otra vida pudimos habernos conocido?
  • Claro, preciosa... En algún cuento de hadas.
  • Eres incorregible Johni. Te lo pregunto en serio ¿Crees en el destino?
  • Soy un romántico, encanto. Por ese motivo no puedo creer en el destino. Sobrevivo en las trincheras combatiéndole al amor. He naufragado en algunas ocasiones por arrecifes que no quiero volver a visitar. Supongo que son mis heridas las que puedan atraerte. En fin, querida, me preguntaste si podíamos habernos conocido en alguna vida pasada y... Creo que es posible...

  • ¿De verdad que lo piensas posible, Johni?

  • En alguna otra noche como esta de Jameson´s on the rocks he llegado a imaginar que podría reencarnarme en botella. En una buena botella, resistente, de color verde, como el de los ojos que enloquecen. Si te gusta la idea, nena, te invito a dejarme algún mensaje en ella si volvemos a coincidir en esa otra vida.
  • Lo dices como si no volviéramos a vernos en esta. Además, mis ojos no son verdes. Tienes a otra, ¿verdad?
  • Cariño, si algo he aprendido en los años que destilo es que para todo hay una primera vez... Incluso para la última. Y te equivocas, amor. No tengo a otra... tengo a otras.
  • Tu ironía escuece, Johni. Tienes muchas papeletas para ganar en la lotería de la soledad. Bien conoces el dicho de que quien mucho abarca poco aprieta.
  • Lo conozco demasiado bien, corazón. Por eso precisamente te aprieto tan poco... Para abarcar mucho.
  • ¿Usas palabras hermosas para hacerme daño, Johni?
  • Tesoro, la noche está vestida de luna llena. Ambos sufrimos de corazones rotos. Nos conocimos y nos deseamos. ¿Quién necesita más de compromisos y vínculos? ¿Los que los rompieron o los que nunca los tuvieron? Creeme, es mejor así; sin exigencias y con apetencias.
  • ¿Quien te partió el corazón, Johni? ¿Dónde lo dejó? No me respondas. Hagamos el amor una última vez, con la pasión de los que tienen la oportunidad de saber que es la última vez. Al menos déjame disfrutar de este momento como si fuera auténtico y te recuerde como quiera.
  • Debo confesarte algo, princesa. No necesitas saber el daño que haya sufrido, sino el que he llegado a causar; precisamente ese es el dolor que quiero evitarte. Somos dos muñecos efímeros, prescindibles, en tregua, personajes infrecuentes que habitamos en lugares erróneos. Nos separa el mismo aire que nos une. Fingimos ante la complicidad de la noche que deseamos lo que hacemos. Y ambos sabemos que cuando el día llegue lo que aparentaba unirnos era un imposible... Te diré algo más mientras te desnudo, y te lo diré en voz baja, como un susurro con aroma a rumor; te lo diré a traición, por la espalda, besando tu nuca con mis palabras... Haremos el amor, corazón, por última vez... Por primera última vez.




    ¿Seducir engancha? 

    ¿Has conocido a personas capaces de enamorarse y desapasionarse con la intensidad de una estrella fugaz? 
    Una vez estuve enamorado. 
    Supe que estaba enamorado cuando volví a enamorarme. 
    Entonces comprendí que al principio lo que tuve fue un vínculo emocional lleno de afectos que me hicieron pensar y decir que estuve enamorado. 
    La segunda vez fue la primera. 
    La segunda vez sí que estuve enamorado porque sentí el dolor del desamor. 
    Desde entonces vivo enganchado a relaciones imposibles. 
    Hace poco vi una historia con la que me identifiqué de inmediato. 
    Se llamaba la botella. 
    Hablaba de afectos, de soledades, de diferencias y de jugarse la vida por un imposible; de hacer que la vida merezca la alegría de ser vivida... De eso hablaba esa historia sin decir ni una palabra. 
    Cuando terminé de verla pensé en cuánto de imposible estoy incorporando a los días que me suceden. 
    Ya resulta bastante complejo vivir llamándome John. P como para intentar sobrevivir habiendo elegido la manera más hermosa para poder morir de hambre... Escribiendo... y no cantando, como dijo David Moya, de quien tomo esta frase, en la presentación de su "heroico fracaso".






    John. P
    Tuyo y de todos



    martes, 8 de febrero de 2011

    JOHN. P COMPARTE


    Tengo un compañero de piso... Y Se llama Miki. Es todo un personaje mi nuevo amigo Miki. Le conocí en Ikea. Todavía intento entender qué sentido tiene que no solo estemos viviendo juntos, sino que empiece a ocupar un lugar importante aquí y ahora. Ocurrió una mañana lluviosa del último otoño. Había un montón de personas ofreciendo sus servicios para transportar y montar los muebles de mi nueva casa... Mi naciente ego no permitía que nadie extraño me acompañara en la misión de reinventar conmigo el decorado de mi nuevo hogar. Con esa actitud me encontré con Miki. Estaba dentro del centro comercial. En la primera planta. A la entrada de uno de los espacios situados junto a los salones amueblados. Era un imán de personas mi amigo Miki. Le estuve observando un rato hasta que decidí acercarme. Tan blanco él, con esa pinta de fantasma barrigudo sin cabeza de casi metro y medio, como recién salido de la película Casper. Lo vi claro. Donde los demás tan sólo veían una lámpara de 9 euros yo descubrí a Miki.
    No sé si conoces esa sensación de sentirse sólo; si la conoces, podrás entender como, para mi, cuando uno está sólo, todo lo que hay alrededor cae en la tentación de ser humanizable. La tarde que volví de Ikea con Miki, sentado en el sofá, cerré los ojos mientras escuchaba una canción de Jack Johnson llamada “all at once”. 


    La lluvia golpeaba los cristales y no quise evitar sentirme triste. Es bueno sentirse acompañado. Y me entretiene hablar con Miki en esas ocasiones en que no es agradable estar a solas. Miré la lámpara como embobado hasta que me distrajo un golpe. De un caballete en el que había un cuadro se había caído algo que estaba en lo alto. Era un sombrero que traje de una vida anterior en un siglo anterior y de una historia de otro mundo que no quiero olvidar. Vi el sombrero caído en el suelo y miré a la lámpara apoyada en ese mismo suelo. Entonces decidí presentarles. De repente entendí que algunas cosas cobran un valor diferente cuando se combinan, cuando se encuentran y se unen. Ya no estaba triste a pesar de que ahora sonaba una canción de Sting en versión de Eva Cassidy “fields of gold”.


    En uno de los estantes con libros había unas gafas 3D con las que vi la película “Avatar” y me traen recuerdos de una noche repetible. Decidí que estaría bien que humanizaran a mi nuevo compañero de piso. Pensé entonces en que sería bueno ponerle un nombre y apelé a mi afición por los acrónimos. Así nació MIKI: “Mi Increíblemente Kerido (amigo) Invisible”.


    Desde que Miki vive conmigo las tardes son más entretenidas. Cuando estoy sentado en el salón con el cansancio abrazado a mi cabeza imagino conversaciones con Miki. Cuenta historias muy divertidas. Con ese aspecto de fantasma disfrazado de iluminado detective imitador de Humphrey Bogart. Una noche me contó que tuvo una novia a la que llamaba Mifefé. Y me dijo que no usaba ese nombre precisamente porque le pareciera una gatita.

    "Johni, amigo. Tu problema no es de confianza... Es de ausencia de ella. Hasta un tipo como yo puede ser interesante. Mírame bien. ¿Qué ves en mi? ¿Ves a un tipo atractivo o sólo a un fantasma cualquiera? ¿Ves a uno de tantos?... !No! Nunca amigo mío. Soy especial porque me siento especial, Por eso tengo éxito. Cuando vivía en Ikea tuve una aventura... En realidad tuve muchas pero sólo una me dejo huella. Me llegó muy hondo. Era una preciosidad que me iluminó el corazón. Su verdadero nombre era Luz, Luz Cálida de Bajo Consumo. Sus curvas me volvieron loco. Uf, amigo. Ella si que sabía cómo ponerme caliente. Me buscaba los casquillos como ninguna antes lo había hecho. La verdad, Johni es que hay que vivirlo para entenderlo. Nunca olvidaré lo que me dijo una vez. Me hablaba por morse. Luz corta, luz larga... Me dijo muy lentamente: <mmm... corazón mío... ¿Te he dicho alguna vez que me flipa follar?...> 

    ¿Puedes imaginarlo Johni? Me dijo eso... Me Flipa Follar... Uf, amigo, ¡Qué subidón! En la intimidad le llamaba cariñosamente Mifefé por las iniciales de esas tres palabras que me encendían como no recuerdo haberme encendido nunca. 
    ¿Qué más podría decirte después de algo así? Pasó lo que tenía que pasar. Se fue. Mifefé encontró otro casquillo más grande, con más clase y que vivía en una casa menos transitada... Si pudiera verme ahora...”

    Sí, todo es cierto. Miki era una lámpara de Ikea. Y no, no estoy loco. Existe y es de verdad. Tengo pruebas. De hecho es mucho más creíble que si fuera la típica lámpara que hay que frotar para que le salga el genio que lleva dentro. Un día me dio por frotar a Miki y no vi que le saliera genio alguno, aunque se le puso un carácter...



    John. P

    jueves, 27 de enero de 2011

    JOHN. P RECONSTRUYE



    Ser o no ser... He ahí la fricción. 
    Me llevo mal con las coincidencias. Nunca las veo venir. Tampoco les otorgo un sentido. Puede parecer algo absurdo. Incluso hay días que hasta encuentro sentido a esos presagios con forma de oráculo. Y cuando estos días vienen... Preferiría que fueran cortos. Hablo desde la experiencia por la sencilla razón de que no sé expresarme desde la prudencia. El caso es que existen ciertos sincronismos en mi vida bastante evidentes para cualquier observador imparcial. El problema reside en que yo no soy un sujeto válido como observador imparcial y tengo que esperar un tiempo para entender el alcance de las casualidades que me suceden. Necesito compartir para entender; y aún así, tardo en entender y tardo en compartir. Tengo la opinión de que cada uno es más como le sienten que como se ve. Para serte franco, que no claro, no suelo creer a quien dice que se conoce bien a si mismo. Y para seguir con la sinceridad, acostumbro a sostener que las personas no cambian; como mucho, evolucionan. 
    Soy zurdo, ese es un hecho y un dato. Hay zurdos que pueden fingir ser diestros. Existen algunos que hasta fueron obligados a dejar de usar la “siniestra” desde que siendo críos les ataban la mano izquierda a la espalda para que aprendieran a usar la “diestra”. Y lo hacen bien, pero siempre serán zurdos, aunque lo nieguen, lo duden o hasta lo olviden. Ahora que lo pienso, uno viene de serie con su propia forma de ser y se pasa el resto de su vida o reconociéndola o potenciándola o ignorándola.
    La gente no cambia. Yo no he cambiado. Sigo siendo zurdo. Y he cambiado el decorado de mis días, hasta los muebles y el entorno; puedo alejar recuerdos o personas y reinventarlos como desee. Puedo hacer todo eso, pero no cambiarme. No puedo ser quien no soy. 
    ¿Y quién soy en realidad? ¿Cómo soy? ¿Soy más feliz? Por insistir con la franqueza, estoy seguro de que me siento mejor, estoy mejor... Ser (yo mismo) o no ser (yo mismo)... He ahí la misión.
    Una vez que he compartido contigo mi personal reflexión sobre mi falta de comprensión del cambio personal, debo confesarte que sí creo en el cambio ambiental y en la capacidad de mejora y superación. Sólo cuando uno llega al límite puede llegar a conocerse, a saber de qué materia está hecho. En el amor y en la guerra, en la mesa y en el juego, de fiesta o funeral. ¿Quién no se ha sorprendido de si mismo alguna vez? No estoy cambiando mi entorno, ni eligiendo mis influencias por huir de nada, lo hago más bien por seguir creciendo y aprendiendo; por compartir y sentirme protagonista de un futuro imprevisible, por vivir con la responsabilidad de ser feliz para hacer de la felicidad una posibilidad creíble.
    También he defendido que me llevo mal con las coincidencias. Será porque pienso que no solo las personas no cambian sino que el destino no existe y que algunas cosas pasan porque sí, sin mayor explicación que la manera en que se afronte la adversidad o la ventura. En ocasiones, puedo decir ante una casualidad, que es una señal, y que, como tal, habrá que interpretarse. Nunca lo digo en serio, me gusta provocar debates y aprender de la inteligencia de los demás. La idea que que estemos predestinados a hacer algo me resulta dolorosa. El que esa creencia esté instalada en muchas personas y la difundan con vehemencia llega también a asustarme. ¿Qué sentido tendría la vida si de antemano todo estuviera escrito? ¿Cómo poder aceptar que no elegimos las decisiones que tomamos en los momentos cruciales? ¿Por eso hay personas que hablan de universos alternativos e infinitos, tantos como dilemas a los que nos enfrentamos? Mi idea es más sencilla, más romántica. El amor es el que mueve al mundo, el que lo reinventa, lo conmueve y lo inspira. El que siente amor, puede decir que ha vivido. Cualquier clase de amor; incluso el amor propio. Desde que me quiero mejor, me quieren más. Desde que me quiero más, quiero mejor a más personas. El amor que no suma, no es amor. El amor que no nazca de uno está manipulado. No entiendo que se pueda querer a alguien más que a uno mismo y, dicho esto, entiendo que se pueda dar la propia vida por los demás. Y habrá quien llame egoista al generoso tendiendo a creer que tiene derecho, no solo a opinar sobre la vida de otros, sino a decidir sobre cómo deben vivir otros su vida.
    No me importa que estés de acuerdo o no conmigo, me interesa que tengas tu propia opinión y no la herencia de opiniones de otros. Sí, lo confieso, aunque no me lleve bien con las coincidencias, contigo si me gusta coincidir.
    Ser (auténtico) o no ser (auténtico)... He ahí...


    domingo, 9 de enero de 2011

    JOHN. P BUSCA


    “Un lugar en el mundo” es una de mis películas favoritas. Desde mi desubicación actual considero importante cuidar faros a los que poder acudir en momentos sin norte. 
    Lo de elegir lugar donde vivir para mi tiene tanta importancia como las fechas de nacimiento. No es que sea supersticioso, me limito a percibir señales. La primera mujer de la que me enamoré nació un 14 de marzo. Aún nos tenemos mucho cariño. Un día como aquél nació un tal Albert Einstein.  La última mujer con la que estuve viviendo, incluso conviviendo gratamente durante muchos años e ingratamente los últimos, nació un 20 de abril, como un tal Adolf Hitler.
    Por este motivo necesito no solo un hogar, sino una señal. En mi búsqueda hubo un casting no pequeño de candidatos a hogar, emprendí la empresa dando con algún personaje espectacular. Metido de lleno en la ubicación de mi nuevo faro topé con el memorable propietario de una inmobiliaria, como poco, inaudita. Después de varias conversaciones, algunos taxis y todas la invitaciones oportunas e inoportunas, casi le puedo llamar amigo a JC. 
    JC es gay, pero no un gay cualquiera. Si te fijas bien, entenderás que parte de su encanto reside no tanto en su contagiosa alegría como en su asombroso parecido con un cóctel de Camilo Sesto y Torrebruno. De uno porta su melena y hasta juraría que se la ha quitado; y del otro el tamaño y la sonrisa. Le dije a JC lo que buscaba y me contestó algo parecido a “claro, simpático, ¿No te importa que te llame simpático, verdad? Es que me pareces tan, pero tan divertido John. P”. Acababa de contarle lo de Hitler y la importancia que tenía para mi en la actualidad todo ese tema de las señales. Quiero pensar que no llevaba las orejas bien puestas cuando se lo dije porque me llevó de Delicias a la calle Humilladero. JC me ha recordado que, con la actitud adecuada, hasta en los excesos se descubren verdades. ¿Que cómo he dado con esta afirmación? Pues francamente, vi en JC un sincero interés por ayudarme a encontrar un hogar a pesar de su estruendo y mariconeo inicial con un poco prometedor augurio de profesionalidad. En ocasiones es necesario vivir al límite para poder ver lo que hay al otro lado; hasta es probable que al borde del precipicio, si te detienes y le das la espalda al límite, sientas el peligro de perder lo que ves: de dónde vienes.
    Debo confesar, llegado a este punto, que después de algunos vinos solidarios con mi nuevo amigo JC he recordado lo que mi viejo amigo el poeta -del cuál ya os hablaré cuando llegue su momento- me dijo una vez: “recuerda Johni que la felicidad no está en el cuando; no te engañes, la felicidad está en el mientras”. 






    Así que como lo de buscar mi sitio me pone, he decidido hacerlo con la ilusión del que se va de excursión al campo; he rescatado del olvido una mochila de tela verde que nació para llenarse de aparejos de pesca y se recicló en complemento de montañero juvenil desde tiempos en los que aún gobernaba Suárez. En su interior he guardado una libreta con la ruta a seguir, un par de refrescos, frutos secos y tres únicas opciones que valorar para tomar la decisión correcta: altura, ubicación y nombre. 
    A.- Ático en la calle Libertad del barrio de Chueca. Es probable que el llamarse Libertad sea más que una señal. Ayuda el hecho de que está muy cerca de un garito al que acostumbro a descubrir jóvenes talentos que sigo con inconstante interés; y también existe la posibilidad de que me reclamen la nulidad matrimonial por vivir rodeado de los fantásticos amigos de mi amigo JC, el reencarnado Torrebruno gay melenudo. Este último dato tiene un componente más maligno que real; el de la nulidad, claro.
    B.- Ático en la calle Pelayo del mismo barrio. Comparto con Pelayo la aspiración de reconquista de un modo mucho más personal y pacífico. Aún así, reconozco que llegué a plantearme con seriedad mi apego a esta posibilidad como futuro nuevo hogar.
    C.- Ático en la calle Humilladero del barrio de la Latina. Sé que parecerá un poco incoherente -y quiero que tengas claro que jamás he presumido de no serlo- pero esta opción es la más acertada. Motivos tengo que lo confirman y que poco a poco iré desgranando cuando llegue también su momento. Lo del nombre tendré que investigar si tiene alguna historia que lo justifique y creo que me suena -no me lo invento, te lo prometo, te lo prometo- sí, recuerdo vagamente que el nombre de Humilladero proviene de un gallego que tuvo mucho éxito en su tiempo haciendo las Indias pero que fue muy envidiado a su muerte. El caso es que el gallego aquel se hizo con toda la calle y consiguió ponerle un nombre hermoso “O milla du Oro”. Al fallecer, saldaron deudas con su mejorable fama y le cambiaron el nombre por el actual de Humilladero. Sí, creo que es por algo así... Vamos, que a mi el Ático me gusta.
    ¿Que por qué un ático? Lo expresó mejor Pessoa y yo me limito a hacerme eco... “no soy del tamaño de mi estatura, soy de la altura de lo que veo”. 
    He llamado a JC para comunicarle que ya tengo un sitio donde reinventarme y el me ha respondido que me tiene en su agenda en la “I” de Inolvidable. También me ha dicho algo inquietante... que nació un 14 de febrero.