domingo, 31 de marzo de 2013

1.- DESAPARICIÓN Y TORMENTA

- ¿Cómo que no está?
- Miguel, te digo que se ha ido. No se ha llevado el ordenador, ni el móvil, ni las llaves. No encontré su documentación, pero la casa estaba como si alguien hubiera salido un momento con intención de regresar.
- No tiene sentido. Belén, ¡no tiene sentido! No es propio de él. ¿Has localizado a alguien que le haya visto?
- El móvil está apagado y el ordenador bloqueado. No puedo acceder a sus últimas llamadas y no tiene teléfono fijo.
- Alguien tiene que saber dónde está. ¡Necesitamos hablar con él! No quiero que vuelvas al trabajo hasta que descubras su paradero. Es más, tu puesto depende de ello.
- ¿Cómo que mi puesto depende de localizar a Juan? No acepto amenazas, mi trabajo no es hacer de niñera ni de detective. ¿Trabajo para un laboratorio o para el mossad?
- Cuidado con lo que dices. No estás en posición de hacerte la ofendida.
- Alucino con esto, Miguel. En serio. Alucino mucho. No debería estar haciendo esto.
- Mira, Belén. No te lo volveré a repetir. O vienes con Juan o no vengas.

Clic.

La casa estaba en silencio, como a la espera. Junto a la ventana del salón había un piano viejo. Me senté a pensar mirando los tejados de Madrid. Alrededor había libros colocados bajo una aparente lógica desordenada. Un cuadro sin enmarcar hacía de televisión ocupando el lugar frente al modesto sofá que estaba en el centro de la estancia. Era un paisaje nocturno de un acantilado en tormenta visto desde el mar; al fondo, en el cuadro, a la derecha, se intuye algo parecido a un faro tal vez abandonado. Me acerqué a mirarlo de cerca. Sí. Había un faro. Y al borde del acantilado había alguien que apenas podía distinguirse. Era un cuadro hermoso e inquietante. Tenía magnetismo, atraía. Si le mirabas de lado la luz cambiaba lo que transmitía y aún así había una poderosa personalidad en la fuerza de los rayos arañando las nubes. Había una extraña sensación de magia y drama en el ambiente. Si estuviera en un  museo me entrarían ganas de saber qué misterio habitaría detrás del lienzo, como en las películas. Tal vez la resolución de un enigma antiguo o la revelación de un secreto inconfesable. Decidí, divertida, palpar detrás del lienzo. Fue más un impulso que una decisión. Y para mi sorpresa topé con una hoja. En ella estaba el nombre del pintor con las galerías en las que había expuesto; la última fecha era de hace ocho años. Anoté su nombre, Héctor Launco, y el de las galerías que conocía. No me valdría para encontrar a Juan, eso seguro, pero me bastaba para saber más del autor.

No parecía la casa de un científico. Llevaba trabajando en la misma empresa que Juan tres años y apenas sabía nada de él. Su labor era diferente a la del resto. Encerrado en su laboratorio todo el tiempo. Las pocas veces que coincidimos por los pasillos, le encontré afable, educado y cálido al tiempo que tímido y discreto. Si te saludaba lo hacía de una manera natural y alegre; aunque,
despistado él no lo hacía siempre, más por ir en su mundo que por falta de educación, pero cuando reparaba en los demás les regalaba una hermosa sonrisa sincera. Aún así no se detenía a intercambiar palabras, desconozco si era consciente de la imagen que daba. Tenía fama de genio o eso se solía comentar de él, no sabría distinguir si lo decían con ironía o con admiración. Al parecer entre sus colegas le llamaban “Albert”. Lo hacían desde que transcendió que estaba investigando la manera de no solo leer la mente sino de grabar los sueños, entrar en el subconsciente y liberar bloqueos emocionales. Suena extraño, lo sé, pero he oído que al potenciar ciertas proteínas se pueden estimular los impulsos eléctricos que activan las neuronas, las sinapsis, y registrar el mapa cerebral que se activa y ello unido a un estado de hipnosis del sujeto permite entender el funcionamiento de los estados emocionales y ayudar a superar bloqueos psicológicos. Algunos decían que parecía más un filósofo que un investigador. Cuentan que una vez le preguntaron “Juan, ¿A qué te dedicas realmente?” y el contestó “aislo el patrón de la locura”. “¿Para qué sirve eso?” a lo que respondió “para ser feliz; eso es a lo que hemos venido al mundo”, y se marchó con una sonrisa.
Reconozco no ser la única que le encontraba cierto atractivo que posiblemente fuera provocado por su aire despistado e interesante. Definitivamente no parece la casa de un científico. Libros de neurociencia se mezclaban con novelas. Junto a un volumen de plasticidad cerebral descansaba el principito y un volumen gigante de Jackes Barzun llamado “Del amanecer a la decadencia”. El Quijote estaba entre un curioso libro llamado “678 monjas y un científico” y la biografía del músico Quique González. Con su música sucedía algo parecido. El “Brother in arms” de los Dire Straits estaba junto a un recopilatorio de Nina Simone y un desconocido “Andrés Suárez”.

¿Le habrá ocurrido algo? Son las doce del mediodía. Cuatro horas sin noticias de Juan. ¿Cuánto tiempo hay que esperar para informar a la policía de una desaparición? Bien pensado, es probable que todo tenga una explicación sencilla. ¿O eso sería mal pensado? Dejémoslo en que mejor pensado... Ahora nos encontramos en esta situación de tener que hacer algunas ilegalidades para entrar en su casa y tratar de encontrarle. Y cuando se trata de algo que se salga de lo establecido suele recurrirse a mi, cría fama… En el fondo del asunto, que no en la forma de la petición, el cabrón de mi jefe sabía a quién mandaba para encontrar a Juan. Soy buena en mi trabajo, no admito discusión sobre eso. Aunque hay personas que saben que no siempre he sido buena. Y ahí estoy yo, en la casa de Juan, del que apenas se nada, buscando pistas que me digan cómo dar con él. Con esta excusa empiezo a violar la intimidad de su hogar. Encuentro un libro de notas y lo hojeo al azar: “la inteligencia es hereditaria”, “la eficiencia de un cerebro se puede medir con magnetoencefalogramas”, “la máquina de sueños puede descifrar la mente”. Habían dibujos incomprensibles y una foto. Era de una mujer atractiva y un niño. En el reverso había una anotación “Otoño Zahora” así, sin año. Instintivamente me puse a mirar las fotos que había por la casa pero no reconocí a esa mujer en ninguna. Mi curiosidad iba en aumento. Dejé el libro de notas en su mesilla y abrí los cajones de su cómoda. Todo ordenado. Nada sorprendente. Cojo las llaves de la casa y salgo a tomar aire. Y ahí sucede lo sorprendente. Veo a Juan subiendo a un autobús. Corro, corro, corro. Grito. Me ve. Y su mirada no se sorprende, me ignora y se gira. Un escalofrío me recorre el cuerpo. No me ha reconocido. Me ha visto y su expresión era la de un desconocido. ¿Seré invisible para él? Me quedo bloqueada y tardo en reaccionar. Pierdo de vista al autobús. Demasiado tarde para coger un taxi. Demasiado estúpida para volver al trabajo. Un señor se me acerca.
- Disculpe señorita. ¿Ha perdido el autobús?
- He perdido algo más que un autobús. Mi futuro iba dentro de él.

Regreso a la casa de Juan. Mi ansiedad aumenta.. Veo una mochila vieja de tela. Parece abandonada. No tendría valor para Juan o si lo tenía, esa mañana decidió que no se lo daría. Decido tomarla como prenda, secuestrarla. Quién sabe. En ella guardo sus libretas, el ordenador y el móvil. Dejo una tarjeta de la empresa con móvil al dorso.  No digo lo que me llevo, tan solo que me contacte. Miro el cuadro por última vez y llamo a Miguel.


- ¿Qué has descubierto, Belén?
- Tenemos un problema, Miguel. Juan se ha ido y no piensa volver. Por cierto, ¿estuvo casado? ¿tuvo un hijo?
- No se si sabes lo delicada que es nuestra situación, Belén. El trabajo de Juan es vital para todos nosotros. Y sólo el puede acabarlo. El resto del equipo no tiene su talento. No importa el tiempo que te lleve. Puedes usar los recursos de la empresa para lo que necesites. Accede al sevidor de seguridad a un archivo que hemos preparado para ti. En él tendrás respuestas a preguntas que aún no te habías planteado. No hace falta que te diga lo confidencial que es todo este asunto.
- ¿Por qué yo, Miguel? ¿No deberíamos avisar a la policía? ¿No tiene algún familiar o conocido al que podamos acudir?
- Belén, lee el informe. Adiós.

Clic

Continuará...