martes, 21 de diciembre de 2010

TOPO

Llevo una vida de topo. Reconocerás a un buen topo por los siguientes datos: es sencillo, tiene pocas ideas, sí, pero las tiene muy claras; nunca toma partido, va a lo suyo y aparentemente sus orejas tienen un  elevado componente decorativo.
Soy un prototipo de topo típico que no solo se limita a hacer túneles. Túneles de tren, de metro. Hago cuevas enormes, muerdo montañas, me hundo en ellas hasta que las atravieso de lado a lado. Mi trabajo termina cuando veo una luz. Es más, vista una luz, vistas todas. Debe ser algo parecido a lo que te sucede cuando visitas los fiordos noruegos. El primer fiordo impresiona, pero llega un momento en que pasan a ser tan solo más de lo mismo.
Personalmente me gusta ser un topo. Siento simpatía hacía esos animales con tan mala prensa. Con frecuencia siento que la palabra “topo” lleva connotaciones que me parecen injustas. Un topo puede ser el tapado, casi un espía, un traidor, un doble agente, también alguien molesto, del que se debería desconfiar. Quien sabe, probablemente me equivoqué de profesión, en vez de ingeniero debería haber sido abogado. De ese tipo de abogados de causas pérdidas. “Señor juez, mi cliente, el señor topo, se declara inocente de todos los cargos que se le imputan. No trabajaba para la competencia. No vendió información al enemigo...” 
De hecho, no sólo hago túneles, sino que consumo gran parte de mi vida bajo tierra. Y debo confesar que ser topo es coherente con el resto de mi existencia. Ser topo tiene ventajas, dónde quiera que estén. 
En eso pensaba, refugiado en el fondo del vagón, abstraído del estrés que crecía en la conversación que llegaba a mis oídos. 
  • La gente no cambia. Eso no lo dudes.
  • Pero, Mario, ¿es que no vas a perdonarme nunca?
  • No es el momento ni el lugar para hablar del tema, Patricia. 

La voz arrastraba tensión y firmeza.
  • ¿Lo dices por lo de anoche?
  • Lo digo porque lo creo. La culpa es mía, por no haberme dado cuenta antes. Si ya lo decía mi padre...
  • ¡No metas a tu padre! Sabes que no lo soporto.
  • Hay tantas cosas que no sé de ti, Patricia. 
  • Claro, pobrecito. Eres un verdadero profesional del victimeo. Se te da muy, pero que muy bien. Mira por donde. Para una cosa que se te da bien y tampoco te da dinero.
  • Patricia ¡Medalla de oro a la peor disculpa del mundo! ¡Déjalo estar, por favor! Tanto absurdo me agota. Es que ni siquiera entiendo porque sigo hablando contigo. 
  • Como el señorito es don perfecto... Vale, me equivoqué. ¿Qué quieres que haga? ¿Bajarme en la próxima parada y saltar a la vía?
  • Eres increíble. ¡Qué manera de darle la vuelta a todo! ¡Primero me engañas y ahora me atacas!
  • ¿Eso piensas? Va a ser verdad que no me conoces, cariñito. Tú siempre eliges el camino más fácil. Dices que te engañé. La engañada soy yo. 
El tren para. Un murmullo de permisos y disculpas acompañan a la subida y bajada de viajeros.
  • Sí, Mario. Me engañaste. Me hiciste creer que me querías. Que lo dejarías todo por mi. 
  • ¿Pero es que no te das cuenta de que lo vuelves a hacer? ¿Que vuelves a darle la vuelta al tema, Patricia? No veo la hora de que dejemos de trabajar juntos de una vez. Así podrás enloquecer a otro con tus besos vacíos. Ambos sabemos que no vas a cambiar. Nunca dejarás a tu marido. Y menos embarazada de otro.
  • Dilo más despacio, que el señor que tienes detrás no puede apuntar todo lo que dices.
  • Y pensar que hubo un tiempo en que tu sarcasmo me hizo gracia.
  • Ay corazón, pensar tampoco es una de tus habilidades. ¿Qué te hace decir que tú no eres el padre?
  • ¿Mi vasectomía?
A lo lejos escucho el varonil anuncio de mi parada “Próxima estación...” con la réplica en femenino “...Estrecho”. Salgo del vagón y el eco de la conversación me acompaña a la salida. Otra vez la luz. Puede que parezca extraño, pero para un topo como yo, para bien o para mal, la vida tiene sentido.

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